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  15 Poesías y 100 Charrorrimas de José Maria Parga Limón


José Maria Parga Limón
Ganador del 1er Concurso Nacional de Poesía Charra 1999.
Ganador del 2do Concurso Nacional de Poesía Charra 2007.
y Galardonado con
el PREMIO CHERRERIA 2007, por la Federación Mexicana de Charraría, A. C.

INDICE

1.- SOY PARA MI HIJO
2.- ¡QUIEN ME MANDA!
3.- CUANDO TE VISTES DE CHARRO
4.- QUE SE REVIENTE LA REATA
5.- EL CHARRO Y LA ADELITA
6.- LA ESCARAMUZA
7.- UNA HISTORIA DE AMOR
8.- LA MUJER DEL CHARRO
9.- ¿POR QUÉ TE QUIERO?
10.-LA GRANDEZA DE UN CHARRO
11.-EL PIALADOR
12.-EL JINETEO
13.-EL PASO DE LA MUERTE
14.- A MI MADRE

y 100 CHARRORRIMAS

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José Maria Parga Limón - Ganador del II Concurso Nacional de Poesía y mas


 

 




 

H. Matamoros, Tamps. - Noviembre del 2007
por : José María Parga Limón josemaria_parga@yahoo.com.mx
 Tel. casa: 01 86 88 16 08 12 - Oficina : 01 86 88 13 02 94 - Celular: 045 86 81 24 72 37


* 15 POESÍAS
* Clic para consultar las 100 CHARRORIMAS

* 15 POESÍAS.

1.-Soy para mi hijo... 

           Soy para mi hijo
           lo que se le antoja:
           soldado, vaquero,
           bombero, piel roja. 

           Si me quiere perro
           me pongo a ladrar,
           me vuelvo caballo
           si desea montar. 

          Y si se le ocurre
           un día  charrear,
           yo soy su novillo
           para practicar. 

           Así en ese juego,
           según venga al caso,
           puede jinetearme
           o tirarme un lazo.    

           Él se sabe dueño
           de mi voluntad,
           pero nunca abusa
           de su autoridad. 

           Y si acaso lo hace,
           paga sus excesos
           con un fortuna
           de abrazos y besos. 

           ¡Qué le va a importar
           siendo tan pequeño,
           si llego cansado,
           o si tengo sueño!

           Y a decir verdad
           pues a mi tampoco,
           el no descansar
           me resulta poco. 

           Si al fin lo que hago,
           con verlo contento,
           lo siento pagado
           como al mil por ciento.

           Quiero que jugando
           me sienta su amigo,
           que sepa que siempre
           contará conmigo. 

          ¡Que goce su infancia
           feliz y risueño!
           Es ese mi anhelo,
           es ese mi empeño. 

           Por eso, si quiere
           que sea perro y ladre...
           ¡lo hago!, ¡que para eso
           Dios me hizo su padre! 


           José Ma. Parga Limón

2.-¡QUIEN ME MANDA!

Quiero en mi hijo fomentar
su amor por lo mexicano,
pues me siento muy ufano
de mi sangre y mi solar.

Con esa idea acariciada,
pretendiendo que aprendiera,
lo llevé para que viera
lo que es una charreada.

La mamá me lo enfundó
en un pantalón vaquero,
yo le compré su sombrero,
y él, por su cuenta, se armó.

En efecto, le encantó
tanto lo ahí ocurrido
que en un charro convertido
a la casa regresó.

Andaba yo tan contento,
que incluso, metí la pata,
regalándole una reata
en el calor del momento.

Primero intentó florear
con desplante charreril:
la soga dio en el candil,
¡ya se puede imaginar!

Sobre el pasamanos quiso
ser un jinete audaz,
perdió el equilibrio y ¡zas!
vino a estamparse en el piso.

Cuando rayó su caballo,
(que era en verdad bicicleta),
se echó encima una maceta
y tras el golpe el desmayo.

Y no es todo, enseguida
se puso a colear a un perro,
al que imaginó becerro,
ganándose una mordida.

Después pialó a la sirvienta
¡pobrecita de Camila!
fue a dar de cara a la pila
y por poco no lo cuenta.

Tuve que esconder sombrero,
reata, pistola y botín,
pretendiendo darle fin
a este charrito casero.

Pero todo ha sido en vano
porque él no ha desistido,
¡quien me manda haber tenido
un niño tan mexicano!

José Ma. Parga Limón


3.- CUANDO TE VISTES DE CHARRO

Siempre he admirado en tí, padre,
la honradez y la entereza,
la bondad y la alegría,
el amor con que me tratas,
la exigencia que hace falta;
no necesito decirlo:
¡ya sabes cuanto te quiero!

Mas cuando vistes de charro
te tengo mayor respeto,
te miro más caballero,
más seguro, más resuelto...
¡se me vuelve idolatría
el cariño que te tengo!

Y es que al mirarte portando
tu roja corbata el cuello,
tu pantalón ajustado,
tu sombrero de gran ala
y tu revólver al cinto,
no sólo a tí te estoy viendo,
veo la imagen de esa patria
que me has enseñado a amar
con tu palabra y tu ejemplo.

Me emociona tanto el verte
cuando te vistes de charro,
que quisiera ser ya grande,
para saber lo que sabes,
para sentir lo que sientes,
para llevar, como llevas,
con tanto orgullo ese traje
y luchar para que nunca
desaparezca lo nuestro:
ni el lenguaje campirano
con sus profundos refranes,
ni el estilo del atuendo,
auténtico, inalterable,
ni la montura, ni el freno,
ni el temple de nuestra reata,
ni lo cerril del ganado,
ni el brío, la estampa y la escuela
propias del caballo charro.

Si supieras cuántas veces
sueño que soy como tú,
y que voy gallardamente
montando tu palomino;
o cuántas veces también,
al contemplarte coleando,
imagino que soy yo
quien derriba aquel novillo
que cae al suelo rodando.

Pero ya lo dice el dicho:
“Para poder ser caballo,
potrillo hay que ser primero”
¡ya me llegará mi tiempo!

Hoy sólo quiero que sepas,
si no es que ya lo has notado,
que aunque siempre ha sido enorme
mi admiración hacia ti,
te miro más caballero,
más seguro, más resuelto,
y te tengo más respeto
¡cuando te vistes de charro!

José Ma. Parga Limón

6.- LA ESCARAMUZA (Para Anai Treviño)

La escaramuza es un vals
de doncellas a caballo,
es un rosal florecido
bajo el rojo sol de mayo.

La escaramuza es un mar
de holanes, multicolor,
que al galope forma olas
donde se mece el amor.

La escaramuza es un juego
de feria: un carrusel,
y un milagro que da vida
de pronto a cada corcel.

La escaramuza es pulsera
con ocho piedras preciosas,
que a las pléyades superan:
son más y son más hermosas.

La escaramuza es rosario
de cuentas policromadas,
en el que las madres rezan
orgullosas y angustiadas.

La escaramuza es un ansia
de conquistar la victoria,
es sacrificarse un año
por un instante de gloría.

La escaramuza es un sitio
que conquistó la mujer;
el momento en la charreada
que todos esperan ver.

Es audacia, gracia y ritmo,
en ecuestre sintonía,
¡es la cara femenina
de la recia charrería!

José Ma. Parga Limón

4.-QUE SE REVIENTE LA REATA

¡Qué se reviente la reata
cuando esté chorreando un pial!,
pero tus ojazos, chata,
que nunca me miren mal.

¡Qué se rasgue la vaqueta
de mi arción al estirar!,
pero tu boca coqueta
no me deje de besar.

¡Qué la yegua palomina
no me obedezca al calar!,
pero tu cara divina
no me impidan contemplar.

Y si me priva la suerte
de tu presencia querida,
¡qué en el paso de la muerte
me caiga y pierda la vida!.

Y haciendo a un lado la pena,
¡qué me entierren mis hermanos
con mi traje de faena…
y tu retrato en mis manos!

José Ma. Parga Limón

5.- EL CHARRO Y LA ADELITA

La fiesta de San Miguel
está en su mero apogeo,
y un charro, con su floreo,
se adorna en el redondel.

Con la soga por el aire
traza su caligrafía,
con asombrosa maestría,
con estilo, con donaire.

Rosa María en el tendido
lo contempla embelesada,
sin quitarle la mirada,
paso a paso le ha seguido.

Del desmayo a punto ha estado
cuando él tiró su mangana
a una yegua rabicana
con el tirón del ahorcado.

En otro lienzo, una vez,
la bajó de una montura
tomándole la cintura
caballeroso y cortés.

Cuando en aquella ocasión,
al descenso firme y lento
alcanzó a beber su aliento,
¡sintió perder la razón!

Desde entonces, al mirarlo,
su corazón de potranca
a todo galope arranca
sin que consiga pararlo.

No sabe él que enamorada,
evitando ser intrusa,
se inscribió en la escaramuza
por seguirlo en la charreada.

Cuando monta la adelita,
siempre procura empeñosa
ser la más habilidosa,
y también la más bonita.

Algún día habrá de enterarse
del amor que por él siente,
y su vez, posiblemente,
también llegue a enamorarse.

Vuelve su héroe a manganear,
con una contrarrodada
genialmente rematada,
¡todas la pudo cuajar!

¡Dios te guarde mi ranchero¡,
¡cuídamelo, Virgencita!,
va rezando la adelita,
tu sabes ¡cuánto lo quiero¡.

José Ma. Parga Limón

8.-LA MUJER DEL CHARRO

Una mexicana está
planchándole la camisa,
tierna, amorosa, sin prisa,
al charro que partirá
a competir a un torneo
nacional en jineteo.

Le aterra y le mortifica
el peligro hacia al que va,
pero no se lo dirá,
nado objeta, no replica,
sufre su angustia callada
cual si no temiera nada.

¡Varios perdieron la vida
al topar con los pitones,
por terribles pisotones,
o en una mortal caída!
Le preocupa, sin embargo
pasará este trago amargo.

 7.-UNA HISTORIA DE AMOR

Una preciosa señora
de cuarenta años de edad,
negro pelo recogido
con un moño tricolor,
nívea tez, y una mirada
verde como los maizales,
que combina con el verde
de su traje de adelita,
ceñido por la cintura
con un rebozo de seda,
blanco al igual que sus manos
de alabastrina belleza,
blanco al igual que su cuello
de exquisitez sin igual,
sentada en el graderío
del Lienzo Guadalupano,
contempla con emoción
el desfile de los charros
que este día competirán,
para llevarse el trofeo
de campeón del coleadero
de la fiesta patronal.

Aunque contempla el desfile,
no ve a todos los jinetes,
su mirada se concentra
en un juvenil centauro,
que porta con gallardía,
que es preciso de destacar,
fino jarano de pelo
de pachuqueño planchado,
chaquetilla de gamuza
lisa, color natural,
ajustada chaparrera
con la aletilla piteada,
y, fijas en sus tacones,
par de espuelas cinceladas
por un orfebre de León.

¡Que bizarría de mancebo¡,
-piensa al verlo embelezada-
¡que porte de caballero!,
¡que estampa más varonil!...
y entre sus labios de grana
un suspiro se le escapa
imposible de ocultar.

Al pasar frente a su asiento
montando briso alazán,
el espigado jinete
por un segundo voltea,
y le esboza una sonrisa,
que casi nadie percibe,
pero que hace que ella sienta
que su pecho como un volcán
que está a punto de estallar.

Comienza ya el coleadero.
La algarabía se desata
al golpe de la tambora,
y al mirar a los novillos
uno tras otro rodar.

Allá al fondo de la manga
se observa al mozo en la puerta,
a su novillo esperando,
el caballo se le inquieta,
pero el templado jinete,
lo apacigua, lo acomoda,
y al oír la voz de “¡Va!” ,
sale en berrendo corriendo
tratándose de escapar.
pero el baloneo veloz,
el arcioneo eficaz,
y el oportuno tirón
del osado coleador,
tienen como colofón
un tumbo espectacular:
una redonda derecha
con un punto adicional.

La mujer, en su butaca,
se enorgullece, y ufana
quisiera fuerte gritar:
“Ese muchacho es mi hijo,
es mi hijo, ¡si señor!,
por ventura soy su madre,
la madre que lo parió,
la que lo arrulló en sus brazos,
y la que un día lo amamantó,
que le enseño a santiguarse
y a arrodillarse ante Dios.”

“Y es su padre, mi marido,
quien le heredó la afición,
quien le arrendó ese caballo,
quien lo ha enseñado a colear,
a sostener su palabra,
y a ser un hombre cabal.”

“¡Dios te bendiga, hijo mío!.
En el mundo nunca habrá,
ni madre más orgullosa,
ni padre más ejemplar,
ni hijo con tantas virtudes:
tierno, fuerte, justo, leal,
serio y alegre a la par,
cumplidor de su deber
y honrado como el que más”.

“Y Dios bendiga a la china
con la que te has de casar,
que con ella un día me harás
abuela de un coleador.”

Eso quisieran gritar
su corazón palpitante,
su garganta contenida,
y su orgullo maternal.
Pero guarda para sí,
el raudal de sentimientos,
que en el seno del hogar,
con halagos y atenciones
sobre el hijo volcará.

Esta historia, no se acaba,
y nunca se acabará,
continuará día a día,
continuará año, con año,
se repetirá por siglos,
mientras haya en nuestra tierra,
aunque sea una familia,
sólo una familia charra,
¡tan solo una nomás!.

José Ma. Parga Limón

Sabe que él lleva en sus venas
sangre valiente y bravía,
que ama a la charrería,
que en peligrosas faenas
gusta domar los astados
como sus antepasados.

Que con pasional fervor
conserva la tradición
y en más de una ocasión
consiguió ser el mejor,
por diestro y por arrojado,
siendo el mejor de su Estado.

En las malas y el las buenas
ha estado con su marido,
con el cual ha compartido
las alegrías y las penas,
él, amándola a su modo,
ella entregándolo todo.

Siente que hoy le necesita,
y con su serenidad
le inyecta seguridad;
y así, como la Adelita,
le brinda, sin condición,
su apoyo y su comprensión.

Y ocultando su temor,
rogando a Dios que le cuide,
ya en la puerta le despide:
“que te vaya bien, mi amor,
pero cúmpleme un deseo:
¡tráeme a casa ese trofeo!”

Cual invaluable tesoro
la mujer del charro así es,
oculto en su sencillez
tiene un corazón de oro,
y esa entereza bendita
que México necesita.

José Ma. Parga Limón

 9.- ¿POR QUÉ TE QUIERO?

Tienes hermosas virtudes,
mas no te quiero por eso;
si otras fueran tus virtudes,
yo te seguiría queriendo.

Tienes algunos defectos,
mas no te quiero por eso;
pues con ellos o sin ellos
yo te seguiré queriendo.

Has dado a luz a mis hijos,
mas no te quiero por eso;
si no tuviéramos hijos
yo te seguiría queriendo.

Eres mi apoyo constante,
mas no te quiero por eso;
si apoyarme no pudieras
yo te seguiría queriendo.

Me fascina acariciarte,
me encanta hacerte el amor,
más no te quiero por eso;
si algo me impidiera hacerlo
yo te seguiría queriendo.

Tenemos los mismos gustos:
la música, los caballos,
la charrería y muchos más,
mas no te quiero por eso;
aunque fueran diferentes
yo te seguiría queriendo.

Compartimos un destino,
mas no te quiero por eso;
si tu camino y el mío
por azares de la vida
toman rumbos diferentes,
y espero nunca suceda,
yo te seguiría queriendo.

Me preguntarás entonces
¿Por qué te quiero?, pues mira,
porque nací para amarte,
y en ello quiero gastar
palmo a palmo de mi vida.

José Ma. Parga Limón

11.-EL PIALADOR

Con el lienzo a reventar
el ambiente está animado.
“El novillo despuntado”
se oye ala banda tocar.

Un radiante sol dorado
se asoma a mirar la fiesta,
como asiduo aficionado
no quiere perderse esta.

Tiras de papel picado
de alegre policromía
parece que en este día
unen presente y pasado.

Se saborea a cada instante
ese olorcillo a potrero,
a lazo, sudor y cuero,
que nos resulta enervante.

Vimos ya a tres caladores
y hay acción en el corral
pues ordenó el caporal
bestias pa´los pialadotes.

La mirada vigilante
bajo el ala del jarano,
lista la soga en la mano
un charro aguarda expectante.

Sobre su baya acemita,
que espera también serena
pues conoce la faena,
se alza en el estribo y grita:

“¡Ya viniera, compañero!”
y empieza a remolinear,
se ve a la yegua asomar
la testa en el partidero...

...y se viene enchiflonada;
el hombre le mide el paso
e imprime fuerza a su brazo
dando vuelo a la lazada.

10.- LA GRANDEZA DE UN CHARRO

En este hermoso domingo,
soleado y fresco a la vez,
aquí en la ciudad de Puebla,
linda Puebla colonial,
acaba de terminar
una final excelente
del campeonato esperado
por los de a pie y de a caballo,
el de los Charros Completos:
los ídolos nacionales
que dominan siete suertes
con su pericia y valor.

El lienzo es un pandemonium:
entre matracas y dianas
siete mil almas eufóricas
aclamando al triunfador
lanzan prendas por los aires
en frenética ovación.

Cruz Jiménez, embriagado
de elogios, vivas, y aplausos,
saborea la victoria
ampliamente merecida,
en un ambiente increíble,
apoteósico, genial.

Pero en plena algarabía
sucede algo inesperado:
al ruedo, que ya se encuentra
tapizado de sombreros,
entra un anciano encorvado
por el peso de los años,
su lento paso arrastrando
apoyado en un bastón,
y se dirige, resuelto,
hacia el flamante campeón,
que ante el silencio que impera
súbitamente en el coso,
se desconcierta y voltea
tratando de comprender
qué es lo está aconteciendo.

De repente ve a aquel hombre,
y ante el impacto se queda
inmóvil, paralizado.
El viejo sigue avanzando
unos cinco pasos más;
el charro entonces reacciona
y se encamina a su encuentro.

Al pararse frente a él
se descubre respetuoso,
y con genuina humildad,
toma su mano triunfal,
la débil y temblorosa
de su venerado padre,
inclinándose, la besa,
y sólo entones acepta
el abrazo que impaciente,
que ansioso, le vino dar.

Llora el orgulloso padre
invadido de emoción,
llora el hijo conmovido
por el abrazo del padre,
lloran las mujeres todas,
los charros hacen esfuerzos
por no mostrar su afección ,
pero sus bigotes tiemblan,
pero sus ojos se anegan,
y un lagrima furtiva,
al correr por la mejilla,
notablemente suaviza
la legitima altivez
que el vestir de charro da.

La turba, enmudecida
ante la sentida escena
de amor paterno y filial,
exhala un solo suspiro,
profundo, descomunal .

Yo al mirar que el noble hijo
da ese ejemplo de humildad
en su momento de gloria,
que el hombre más poderoso,
sin duda ha de envidiar,
recuerdo aquellas palabras
que siendo niño escuché:
“Nunca el hombre es tan grande,
como cuando honra a sus padres,
que son imagen de Dios”,
y alzo los ojos al cielo
para pedirle a la Virgen
Morena del Tepeyac,
bendiga a la charraría
por sus bellas tradiciones;
bendiga a la charraría,
por sus preciosos valores ;
bendiga a la charraría,
herencia de nuestros padres;
y nos conceda que, nunca,
nuestros hijos, nuestros nietos,
la lleguen a abandonar.

José Maria Parga Limón

La bestia en su fuga loca
los remos traseros mete
en el lazo que el jinete
oportuno le coloca.

Inmediatamente amarra
sacando humo al chorrear,
dejándonos contemplar
una bella estampa charra.

Es el momento crucial:
la cerril es detenida
totalmente en su estampida
¡está consumado el pial!

El público se desfoga,
vuelan sombreros al viento,
él, parsimonioso, lento,
va recogiendo su soga.

Y continúa la jornada
con su alegría y su emoción,
brindándole a la afición
una excelente charreada.

Como ésta, muchas versiones
en la tierra mexicana,
en cada fin de semana,
hay por todos sus rincones.

No se te olvide paisano,
y cualquier lienzo visita,
que cada charro es tu hermano
en nuestra patria bendita.

José Ma. Parga Limón

12.- EL JINETEO

Bufa el toro inquietamente
con vesania en el cajón
al sentir el apretón
de la cuerda de repente.

Toneladas de furor
hay en su musculatura
y su casta y su bravura
lo han hecho ser el mejor.

Ya está puesto el tentemozo
para que de él se sujete
el intrépido jinete
que va ha montar al coloso.

Se abre la puerta dejando
al ruedo libre el acceso
pasa un segundo y en eso
sale el bruto reparando.

En cólera desatado
brinca, gira , salta, vuela,
y el charro, cual sanguijuela,
se le mantiene pegado.

No hay en su cara un asomo
de miedo o de cobardía,
conserva su gallardía
impertérrito en el lomo.

Esto es un duelo de orgullo
de dignidad, de coraje,
ambos traen buen equipaje,
cada cual tiene lo suyo.

Se prolonga la faena
hasta que el cebú agotado,
camina al fin sosegado
lentamente por la arena.

Ni con la espuela insistente
vuelve al reparo el cornudo,
aceptando que no pudo
derribar a su oponente.

El victorioso se apea
cruzando la pierna arriba
justamente de la jiba,
¡este si que jinetea!

Siempre que miro, por Dios,
jinetear a un mexicano
grito sombrero en la mano:
¡como mi tierra no hay dos!

José Ma. Parga Limón












 

13.- EL PASO DE LA MUERTE

Bien puesta la chaparrera
y el sombrero bien calado,
a pelo el cuaco montado
va el charro a toda carrera.

Quiere ejecutar la suerte,
que por ser tan azarosa,
difícil y peligrosa
llaman “paso de la muerte”.

Poniendo en riesgo su vida
saltará en pleno tropel
desde su veloz corcel
a una yegua en estampida.

Para asirse solamente
ha de contar con la ayuda
de la crin de la greñuda
que alcanza rápidamente.

Le impulsa su pierna izquierda
mientras alza la derecha
lanzándose como flecha
y afianzándose en la cerda.

Perfectamente horquetado,
con serenidad y aplomo,
ya cabalga sobre el lomo
del animal azorado.

Ni el corcovo malicioso,
ni la fuerte sacudida,
produjeron la caída
del mexicano mañoso.

La bestia queda rendida
acogiéndola de la oreja
desmontando en paz la deja
en cuanto ésta se descuida.

Y con pisada segura,
cual si nada haya pasado
regresa el charro, pausado,
hacia su cabalgadura.

La destreza con la suerte
otra vez se ha conjuntado
dando como resultado
un buen paso de la muerte.

José Ma. Parga Limón

14.- A MI MADRE

Hoy vi tu fotografía
donde de china poblana
vas montando una alazana,
¡grata sorpresa la mía!

La emoción aún me dura
y no sé como explicarte
lo que sentí al contemplarte
bien plantada en tu montura.

Tu falda lentejueleada
con vistosa alegoría,
con el sol resplandecía
mostrándote iluminada.

Vi tu rebozo enredado,
como sierpe a tu cintura,
y rematando en la altura
tu sombrero alamarado.

¡Qué mexicana beldad!,
sí mamá ¡ qué porte el tuyo!
al verte henchido de orgullo
me estremecí de verdad.

E imaginé claramente
en ese desfile patrio,
mirándote desde el atrio
a mi papá entre la gente.

Al momento comprendí,
poniéndome es su lugar,
que tenía que terminar
enamorado de ti.

Quiero que esa foto quede
en la pared de mi sala,
luciendo toda su gala
hasta donde más se puede.

¡Que brille tu lentejuela
iluminando mi hogar;
y que mi hijo aprenda a amar
y a venerar a su abuela!

José Ma. Parga Limón

 

 

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